Mi viejo ciprés
Dios, a través de toda su creatura, se comunica con el hombre, el medio ambiente da
cuenta de ello. Basta que nos pongamos en sintonía con los seres que nos rodean y
recibiremos las respuestas, tan claras que no habrá lugar a dudas.
Nunca estuve tan cerca de la verdad como ahora, o como cuando comprendí la
grandiosidad de la obra de Dios.
La corriente de sentimientos entre el hombre y los
seres de la naturaleza es tan perfecta que nadie puede sustraerse a ella.
La historia que traigo, es prueba de ello. O por lo menos quisiera que la consideren así,
y como ésta, hay muchísimas a lo largo de nuestras vidas.
Al terminar de leer estas líneas, me darán la razón.

Cuando visito a mis muertos tan queridos, no me canso de mirarlo, erguido en el
camposanto mi amigo el ciprés, siempre tan verde, altivo, de noble estirpe. Y sé que
suspira... sí, yo lo sentí.
En las tardes solitarias, cuando la añoranza lastima el alma del viejo ciprés, he visto su
pecho moverse, al exhalar un suspiro muy hondo, por sus dolores o los míos, por su
añoranza o mis ausencias.
El es mi amigo, lo sé; me espera, me saluda con los suaves cabeceos rumorosos y
frescos de sus ramas; me acompaña en silencio, respetando mi dolor y mi angustia.
Con el movimiento callado de sus flexibles brazos, me consuela.
Tiene alma, es blanca y hermosa como la de un niño. Durante el largo invierno de
esperas y olvidos, está triste y son lentos sus vaivenes, acompasados y lánguidos.
Pero cuando está alegre, lo hace notar con el tono cambiante de su follaje, viste
colores de felicidad, como si riera.
He oído el tenue murmullo de sus hojas cuando canta, suena como arrullo de palomas
de la eucaristía.
Otras tardes, el viejo ciprés escucha mis plegarias y reza conmigo, con respetuoso
silencio, con los brazos en cruz.
En un delicado cuchicheo de sus ramas, hace confidencias. Las más elevadas dialogan
con las blancas nubes , viajeras incansables del destino, siempre cerca de Dios.
Maravilloso ciprés.
Yo vi cómo alcanzaba esas nubes con sus largos dedos, movedizos y hermosos,
acariciando la rubia cabecita de un querubín; eran besos, que florecieron de mis
lágrimas, con las que tantos días regué las raíces de mi viejo ciprés. Humedad salobre
cargada de amor.
¿Has sentido alguna vez cuando tu piel se vuelve terciopelo, con una tibieza
indescriptible, que termina por hacerte suspirar, porque dentro del alma se remueve un
escondido placer? Es un momento único, de comunión perfecta con la naturaleza y con
Dios, su creador. Yo sentí en mi pecho ese temblor de incomparable terneza. El
corazón del querube bajó a mi alma, y supe entonces el deleite inmenso de ese beso
suyo.

Hoy sólo vine para hacerle confidencias a mi querido amigo. Nunca le dije: ¡Gracias! ,
gracias por cuidar a mis amados que ahí descansan bajo su sombra generosa, su
frescura y su verdor. Por brindarles compañía. Por velar sus sueños cuando el frío
penetra en las más oscuras hendijas del alma...
Hoy estuve ahí, regando sus pies con agua fresca. Me abracé a su tronco con mucha
gratitud por ser un amigo fiel. Y me sorprendió lo que pasó.
¡Milagro de amor!...Recibí a cambio una suave melodía que llegó hasta lo profundo de
mi alma. Sisearon sus ramas balanceándose en un "gracias" sin fin. ¡Estaba tan alegre!
Sí... yo lo vi.
Bailaban sus ramas, danzando al ritmo de mi corazón, comulgando la alegría de ser
"amigos". Y no pude más que decirle bajito: "te amo, mi viejo ciprés".
Ninfa Duarte
|